Podríamos decir que la felicidad es Nestlé.
- ¿Y qué nos sugiere el color azul?
- ¿Azul?, ¿Azul es Pepsi, no?
Esta podría ser tranquilamente una conversación extraída de cualquier clase universitaria de la carrera de publicidad y relaciones públicas. Porque sí señoras y señores, esto es lo que nos viene a denunciar Frédéric Beigbeder en su Best-seller sobre su crítica sangrante de la publicidad; el mundo que le dio de comer, un mundo rastrero donde el consumidor final (es decir, nosotros) hace ganar dinero a marcas que nos deprecian como personas (“no tomés a la gente por tonta, pero nunca olvidés que lo es”).
Somos marionetas supeditadas a comprar compulsivamente cosas que no nos son de primera necesidad.
A través de su “alter ego” Octave, Frédéric nos sumerge en el mundo de la publicidad; un mundo donde la mayoría de los trabajadores cobran por campañas de publicidad publicadas. Aunque esto pueda parecer un inconveniente, no lo es, ya que por sus trabajos pueden llegar a cobrar unos 13.000 €.
La novela viene a ser una crítica en forma de sátira despiadada a nuestra forma de vida, la vida del consumidor, la cual, Octave odia crear y, por eso, decide redactar y relatar las peripecias que sufre y conoce a la perfección con el fin de conseguir que le echen de la empresa en la que trabaja.
Octave, personaje obsesionado con el sexo donde los haya, nos deja entrever los entresijos de la forma de vida que lleva en la agencia donde trabaja (drogas, sexo y violencia pueblan su mundo) y lo profundamente que odia su trabajo.
Pero no nos dejemos engañar por las agencias de publicidad. Octave tiene razón:
Los seres humanos somos consumistas por naturaleza.
Sólo con un buen título y un/a chico/a guapo/a anunciando un batido de un sabor nuevo y revolucionario ya nos formamos en la agenda de nuestra compleja mente una orden:
“ Comprar aquel batido (cuya marca no recuerdo) que bebía Sharon Stone la próxima vez que vaya al Súper.”
También hay que decir que si un personaje famoso anuncia dicho producto ayuda a que ansiemos comprar el producto aún más.
Somos fácilmente conducidos a comprar lo que ellos quieran.
Solo hay que analizar el mundo en el que vivimos.
La música, las estrellas de cine, la televisión y otros medios de comunicación y/o culturales, la ropa, el qué visitar, el dónde ir, qué comprar… todo está condicionado.
Si nos fijamos, nos daremos cuenta que incluso los informativos están condicionados.
No es lo mismo ver o escuchar un informativo de la cadena estatal (TVE) que verlo en la cadena Tele 5. Cada partido político condiciona la forma de “informar” (si podemos decir que condicionar es informar) para manejar a la gente (en definitiva, sus votantes) como ellos deseen.
La verdad es que realizando esta tesis, te das cuenta que somos marionetas manejadas por los altos cargos millonarios de las empresas más importantes del mundo.
Pero la pregunta es:
¿Qué podemos hacer nosotros para luchar contra este tipo de control mental?
No caigamos en esto
Lea Frédéric Beigbeder